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Revista digital de pensamiento nacionalBuenos Aires · 23.10.2026
Pensamiento nacional · Nº 02Buenos Aires · 21.10.2026

El ser y el pueblo

La Lealtad como existenciario y la construcción de la Res Publica.

Manifestantes con los pies en el agua de la fuente de Plaza de Mayo, el 17 de octubre de 1945.
Foto: Archivo General de la Nación, 1945

I. El despertar del Dasein Nacional

Toda comunidad política, como así la existencia misma del individuo, está situada en un tiempo y un espacio sujeto al devenir de las cosas, y es en los momentos de letargo cotidiano en donde esa misma existencia parece diluirse en el anonimato de las multitudes. Esa condición es la que Martin Heidegger atribuye al llamado Das-Man en su Ser y Tiempo (1927), esa existencia en estado bruto, natural, inauténtica, en la que el Dasein (el ser-ahí, el ente que tiene consciencia de sí mismo, el hombre) se encuentra. Como bien dijimos, esta inautenticidad le es propia al individuo, mas no le puede ser ajena a un gran colectivo de personas; durante décadas, las grandes mayorías de la Argentina fueron tratadas, justamente, como un objeto, una batería destinada a producir, sumida en la inautenticidad de la insectificación económica, cultural y política.

Sin embargo, es cuando se cruzan los rubicones que cambian las cosas, los llamados acontecimientos. Aquella jornada del 17 de octubre de hace ochenta años no fue solo una movilización gremial, ni una simple demostración de clamor popular, se trató del despertar metafísico del dasein nacional, pues el argentino por fin tomó consciencia de sus potencialidades. Fue el día en el que el subsuelo de la patria tomó consciencia no solo de su injusticia sino también de su inautenticidad del Das-Man, asumiendo su facticidad y su destino histórico de forma colectiva (Entschlossenheit, diría Heidegger).

“El siglo XX no asistirá a la muerte de las naciones, sino a la eclosión de los pueblos que reclaman la plenitud de su vida histórica y espiritual” (1951, p. 19) decía un Perón ya presidente, habiendo sido él mismo el reclamo principal de aquella jornada histórica. Se dio como una Aletheia en toda regla, o sea, un desocultamiento radical, en el que la verdad emerge de los velos que la ocultan, los rostros, los cuerpos, las barriadas y los postergados salieron de las penumbras para manifestarse en su verdad irreductible, “Queremos a Perón”.

II. La lealtad como existenciario

Resulta imperativo comprender el lazo que unió a todo ese aluvión zoológico para dimensionar la magnitud de lo que fue ese hecho. Frente al contrato liberal, establecido en la modernidad por grandes cuadros de la filosofía como Hobbes o Locke —que reducen a la política a un intercambio mercantil y cálculo racional de costo/beneficio—, el 17 de octubre inaugura La Lealtad como ética radicalmente distinta.

Siguiendo con la lectura heideggeriana, la lealtad peronista no necesariamente es un vasallaje burocrático o una obediencia ciega, sería muy reduccionista pensarlo de esta manera. La lealtad peronista es un compromiso creador y existencial que se sostiene en la intemperie y en la adversidad (tanto en las patas en la fuente como en la proscripción), Heidegger habla de los existenciarios del dasein como estructuras ontológicas intrínsecas a su existencia, el ser-en-el-mundo, el ser-con, la comprensión, quizás la lealtad es un existenciario propio del hombre justicialista.

En diálogo con la filosofía de San Agustín, la lealtad se revela como una manifestación suprema del ordo amoris (el orden del amor): un pueblo no es una mera aglomeración de átomos egoístas, sino una multitud asociada por un acuerdo profundo respecto a lo que ama y por la participación en un mismo orden de afectos compartidos. No se es leal a un manual abstracto, sino a quien devolvió la dignidad, al compañero y al destino común.

Asimismo, bajo la lectura de Alain Badiou, la lealtad opera como la fidelidad al acontecimiento: la decisión sostenida en el tiempo de no dejar que la ruptura emancipatoria se apague, de no permitir que la memoria se convierta en una pieza monolítica. Es el hilo conductor ontológico que impide que la política decaiga en la mera administración técnica de los negocios ajenos.

III. La construcción de la Res Publica

No es únicamente con autores contemporáneos que podemos analizar este suceso, no por nada fue citado San Agustín con anterioridad. Esta aletheia, o desocultamiento nos trae a la pregunta antiquísima por la cosa de todos, la res pública. El ser humano es un animal político, zoon politikon según Aristóteles, cuya realización plena no se halla en el mero aislamiento y magnificación del interés privado, sino en el marco de su comunidad o su polis, orientada siempre hacia el bien común y la vida buena. Es en La Política que vemos un esbozo de lo que Perón llevará a cabo con la Comunidad Organizada:

“No hay verdadera libertad donde el hombre está abandonado a su propia suerte frente al poder de los poderosos. La libertad sólo existe cuando la comunidad se organiza para garantizar la justicia social, subordinando los intereses egoístas a la dignidad de la persona humana” (Perón, 1951, p. 115). Esta es la columna vertebral de la filosofía justicialista, la puesta en obra de lo que León XIII hablaba en su Rerum Novarum, una sociedad en la que cada una de las partes y cada uno de los sectores estén contentados y pueda desarrollar sus potencias en plenitud, no hay definición más clásica. El justo medio, presente en los griegos y en los romanos, lo retoma Perón desde el mundo antiguo para traerlo a nuestros días.

El 17 de octubre reedita esa verdad clásica y comunitaria: el pueblo no se congregó por especulación individual, sino impulsado por el amor a una causa compartida y por la defensa de una dignidad recuperada. La Plaza de Mayo dejó de ser el patio trasero de los privilegios para convertirse en el solar de la Res Publica, la “cosa de todos”, donde la patria vuelve a tener dueño y el destino de cada ciudadano se realiza indisolublemente en el nosotros.

IV. El conductor como el Rey Filósofo

Hemos hablado de la herencia aristotélica en el pensamiento justicialista, será retomada posteriormente a la hora de hablar de su praxis doctrinaria. Platón es quien en La República dice que la justicia solo se alcanza cuando el poder se conjuga con la idea de sabiduría, cuando el gobernante no solo ejerce sino también piensa, es decir, cuando se erige como el llamado Rey Filósofo, al cual Platón define como aquel que no busca el provecho inmediato y faccioso, y que no se guía por las voces del vulgo y la opinión, sino que contempla las ideas rectoras y fundamentales para comprender el orden estructural de la polis, y guiarla asimismo hacia el bien común.

Juan Domingo Perón supo encarnar esta dimensión en la historia al trascender de la figura del mero político tradicional, en el propio pórtico de su obra fundamental, al asumir la vastedad de la empresa espiritual de su tiempo, el líder argentino se vislumbraba a sí mismo en diálogo con la historia grande, señalando con la modestia de los grandes estadistas el paralelo con aquel conquistador que supo escuchar a los sabios: “Como Alejandro frente al maestro de Estagira, nosotros sentimos que la hora exige fundar una nueva síntesis entre el pensamiento y la acción, entre la cultura y el pueblo” (Perón, 1951, p. 14). Su insistencia en la doctrina y en la planificación estratégica responde al modelo del artífice que educa y eleva a su pueblo. Como él mismo teorizó sobre el arte de la conducción: “Conducir no es mandar; conducir es persuadir y educar al pueblo en la conciencia de su propio destino” (Perón, 1951, p. 78).

¿Era Perón nuestro rey filósofo? ¿Vendrá otro igual? Ciertamente no se trataba de un político tradicional, fue un personaje que no sólo supo ver el momento de actuar, sino que pudo conjugarlo con una vocación remarcable a la observación reflexiva sobre la praxis política, como pocos, a juicio propio, han podido hacer en la historia. Cierto es también que no es un calco que este arquetipo platónico, pues el antiguo planteaba un intelectualismo con un marcado sentido tutelar, cuando el conductor peronista requiere encarnar al pueblo para poder armonizar las diferentes y variadas tensiones de dentro de La Masa, es un ejercicio más persuasivo, el del poder peronista, sin lugar a duda.

El movimiento requiere ciertamente de una etapa de madurez que tenemos que descular, en una época en la que los liderazgos tradicionales están en crisis y las formas de representación requieren un trabajo de artesano muchísimo más minucioso que antaño, la enseñanza del rey filósofo de hace treinta siglos es digna de tener presente, pues tenemos que hallar en los compañeros una comunidad de ciudadanos capaces de tomar el bastón de mariscal.

V. El realismo doctrinario

Lejos está el justicialismo, por lo expuesto anteriormente, de ser una ideología tradicional, de esas surgidas en la modernidad o postmodernidad, si se quiere, pues no por nada decimos que la realidad es superior a la idea, parafraseando a Francisco, las ideologías envenenan el alma, pues —como su herencia idealista contempla—, presuponen la supremacía de las estructuras ideológicas (totalmente apriorísticas) por sobre las cosas reales. El justicialismo, precisamente, se aboca a la realidad efectiva.

Un movimiento histórico no se sostiene únicamente de arrebatos pasionales ni de la visión abstracta; requiere arraigo en la realidad concreta y capacidad de renovación. Es aquí donde convergen el realismo político de Aristóteles y su posterior reelaboración medieval en la filosofía de Santo Tomás de Aquino. Para el Estagirita, la prudencia (phronesis) exige atender siempre a las circunstancias particulares de la acción; y para el Aquinate, la ley y la doctrina no son dogmas abstractos vaciados de historia, sino mandatos ordenados al bien común que deben adecuarse constantemente a las contingencias de la realidad (ad rem applicata).

Perón recalcó insistentemente esta máxima realista contra todo dogmatismo ciego: “La doctrina no es una verdad revelada e inmutable, sino una guía para la acción que debe adaptarse permanentemente a las nuevas realidades y a las exigencias del tiempo que nos toca vivir” (Perón, 1952, p. 45).

La verdadera renovación política no consiste en momificar la doctrina en un catecismo inalterable. Consiste en comprender, desde esta sólida tradición, que la teoría debe dialogar dinámicamente con lo real. Un movimiento que solo mira al museo de su pasado se vuelve estéril; uno que olvida sus raíces pierde el rumbo.

VI. Conclusión: El tiempo del porvenir

El 17 de octubre se nos revela, en definitiva, como el gran hito temporal de nuestra argentinidad. Al cruzar la temporalidad heideggeriana y la superación del Das-Man, la hondura ética y existencial de la lealtad, la Res Publica aristotélica, la impronta del rey filósofo platónico, el orden agustiniano, el realismo político de Tomás de Aquino y la vigencia del pensamiento peronista, comprendemos que la política recupera su grandeza cuando trasciende la miseria de la coyuntura.

En palabras finales del Conductor en La Comunidad Organizada: “Buscamos la armonía entre el alma y la materia, entre el individuo y la sociedad; una comunidad donde la libertad no sea una quimera y la justicia sea la suprema ley del pueblo” (Perón, 1951, p. 140). No se trata de administrar el presente ni de repetir consignas vacías, sino de asumir la responsabilidad histórica de construir un destino común. El tiempo ya no es el reloj de la especulación, sino el espacio vivo donde la esperanza colectiva se convierte en la arquitectura del porvenir.

Referencias

  • Aquino, S. T. de. (2001). Suma Teológica (1.ª ed.). Biblioteca de Autores Cristianos.
  • Aristóteles. (2014). Política (M. Candel, Trad.). Gredos.
  • Badiou, A. (1999). El ser y el evento (M. R. Vázquez, Trad.). Ediciones Manantial.
  • Heidegger, M. (2003). Ser y tiempo (J. E. Rivera, Trad.). Editorial Trotta. (Obra original publicada en 1927).
  • Hipona, A. de. (2007). La ciudad de Dios. Ediciones Paulinas.
  • Perón, J. D. (1951). La Comunidad Organizada. El Ateneo.
  • Perón, J. D. (1952). Conducción Política. Ediciones del Libro Social.
  • Platón. (2013). República (C. Eggers Lan, Trad.). Gredos.

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